El rito en la cultura, Dazed and Confused y la adolescencia.

El rito en la cultura, Dazed and Confused y la adolescencia. 


Cuando la violencia entablada bajo la figura del rito, puede entenderse como un intento de ligazón del devenir puberal traumático para el sujeto. 


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Desde los desarrollos psicoanalíticos, pensamos siempre en el devenir de un sujeto, no solo ante el interrogante de qué le lleva a acudir al consultorio con una dolencia; sino también la pregunta sobre cómo es que ese sujeto ha constituido su psiquismo, bajo qué o cuáles modalidades se ha forjado su identidad, sus propósitos, aspiraciones y sus deseos —inclusive si estos aún no han sido descubiertos de forma consciente y manifiestamente expresados—. Sin embargo, es fundamental abrir un paréntesis acerca del deseo para no condensar un concepto tan extenso de elaborarse en una simple visión unívoca de sí. 


La realidad —indefinible por supuesto— es que no existe un único deseo, quizás si el pensarse bajo una posición deseante. Es decir, deseo que deseo algo. Más no es eso que ahora deseo, lo que años antes y años después de interrogarme por mi vida, mis ideales o mi identidad. 

Con esto quiero decir: es imposible pensar al sujeto bajo una lógica única de quién le han dicho que debe ser, hacer y/o pensar. Son muchas las etapas del desarrollo de un sujeto, podemos ubicarlas cronológicamente —y sin ser demasiado detallistas— como: niñez, pubertad, adolescencia, adultez y vejez. 


Queda manifiesto que el deseo no será el mismo en el infante, que atesora la idea de ser-para sus padres (lo que en el psicoanálisis conocemos como el Gran Otro), para luego devenir en una pubertad donde el ser-para puede tomar diversas vías respecto a encontrar una identidad. Así será sucesivamente con las otras etapas mencionadas. Empero, hay que otorgarle una escucha y lectura particular a esta última etapa mencionada: la pubertad. 

Imagino que todos los que lean este escrito, tendrán consigo la tortuosa experiencia empírica de haber atravesado tal etapa, saliendo más o menos airosos unos que otros pero a sabiendas que nunca se atraviesa de igual manera. Crisis vitales hay muchas, más o menos intensas, lo cierto es que de ninguna de ellas el sujeto sale siendo igual que antes. Siempre habrá modificaciones, en ellas es donde nosotros conjeturamos acerca de la posición del sujeto frente al deseo que le habita. 


Volvamos a la pubertad y sus cambios: físicos y reales en tanto ya no seré el o la joven aniñado y pueril de la infancia, sino la escenificación de una metamorfosis juvenil donde emergen pelos, olores y placeres donde antes no; imaginarios en cuanto me vea frente al espejo ya sin reconocerme como era, sino susceptible a las modificaciones reales y físicas antes mencionadas; y por consiguiente, simbólicamente atravesado por la conjunción de estas dos últimas, devendré ahora un adolescente o un púber en vías de ello, institucionalmente en el colegio secundario, deportivamente en la competitividad de “juveniles”, familiarmente señalado como lo que he dejado de ser para mi niñez —inclusive si no es de mi reconocimiento pero sí para el señalamiento de los demás que me rodean. Podemos decir entonces, que no habrá forma de asumirse simbólicamente adolescente sino a través de el escarnio que proviene de los fenómenos exteriores a mi ser: el cuerpo vivido como ajeno, el espejo que devuelve un infiel reflejo de mí y la cultura que se impone demarcando lo que he de dejar de ser y lo que devendrá de mi existir. Retomando la idea del deseo, conjeturamos entonces que no desearé lo que antes, sino lo que esta etapa del desarrollo —compuesta inclusive por una norma que me excede, la cultura— me enseña a mí acerca de: qué debo desear. 


Hace unos días vi por primera vez Dazed and Confused (1993) de Richard Linklater, un director que al parecer comparte conmigo el particular interés por el desarrollo. Ya ha hecho películas sobre el devenir de la vida, la adolescencia, la niñez y el proceso de adultizaje, entre ellas: Boyhood (2014) y Everybody Wants Some!! (2016). Pero hoy nos vamos a enfocar en solo una de ellas, quizás la mejor que ha hecho en su carrera, Dazed and Confused. 

Linklater hace un recorrido tragicómico sobre el último día de clases de adolescentes en los años 70’s, desde aquellos jóvenes púberes que emprenden su primer año del colegio secundario, hasta los ya experimentados adolescentes del último año que finalizan su recorrido. La película cobra un ritmo frenético a causa de su trama: los más grandes acechan a los más jóvenes, los hombres más grandes perseguirán para dar nalgadas con tablas de softball a los más pequeños, mientras que las mujeres de último año embadurnan a las pequeñas en huevo, aderezos y harina. Todo esto es envuelto bajo la premisa de un rito de iniciación y finalización del colegio secundario. 


A partir del visionado del film —y de mi propia formación en psicología que es interpelada por la naturaleza de su temática— se abren distintos interrogantes. Uno de ellos, responde a trazar un paralelismo directo sobre las épocas; ver a adolescentes del siglo pasado tramar su último día, el rito de iniciación a los más jovenes, los festejos posteriores entre otras cosas despierta inevitablemente una comparación. 

Pienso que una película así no podría realizarse ambientada al día de hoy, no sin entorpecer la trama con justificaciones de los autores respecto al bullying y una marcación directa entre el bien y el mal. Sin embargo, si hay una noción psicoanalítica con predilección para mí, es la idea de abstinencia. No estamos acá para enjuiciar a los jóvenes en su actuar, ni criticar a Linklater en su visión adolescente, como tampoco hacer una demarcación moral. Lo cierto es que, el cine está hecho para ser observado y el psicoanálisis para escuchar qué tiene el otro para decir, me limitaré entonces a ello. 


Resulta sumamente interesante poder rever esta noción de épocas. Lo que podía parecer y ser interpretado a priori como un acto cruel de los más grandes hacia los más pequeños, es en realidad lo que podríamos conceptualizar como un rito dentro de la cultura. Rito que, siendo situado en ese momento del desarrollo adolescente y puberal, se hace necesario como modos de comprensión frente al quehacer de un adolescente a la hora de relacionarse con otros y entablarse en la cultura adulta que le espera. 


Anteriormente habíamos mencionado, que el deseo es pensado obligatoriamente como algo que atraviesa distintas etapas del desarrollo, que no es reducible al unívoco deseo de existir —si es que existe esa figura como tal. Sino que la existencia misma, el pasaje de los tiempos vitales, la cultura y los otros con los que se socializa marcan al sujeto como posicionarse frente a su deseo. 


Veremos entonces, como la violencia en el film es parte del rito adolescente. 

Desde el psicoanálisis, podemos ubicar la noción de “pulsión”, entendemos a ésta como el límite entre lo somático (corpóreo) y lo anímico (la subjetividad) del sujeto que pugna por encontrar modos de expresión. La pulsión a su vez, alberga a la “libido” que es la energía psíquica de la misma. 

También mencionamos la adolescencia como un tiempo donde emergen variantes del cuerpo, la imagen y el lugar simbólico de un sujeto que le desorganizan, al menos lo que hasta la niñez permanecía con cierta estabilidad. En términos psíquicos diremos, hay una desmezcla pulsional, ya que los objetos deseados por el adolescente ya no serán los del niño. Sino los impuestos culturalmente, subjetivamente para sí mismo y físicamente, entre ellos: las fiestas nocturnas, la conducta adultizada, los consumos de alcohol, drogas y la sexualidad bajo su finalidad reproductiva.


Entonces… podríamos conjeturar acerca de la función del rito que los mayores ejercen sobre los menores en el film: un modo de tramitar lo traumático a través de una pulsión agresiva, un rito que inicia culturalmente al niño/a a la adolescencia, conduciéndolo hacia el final de la película donde el personaje principal consumirá por primera vez marihuana, alcohol, fiestas y lo que aparenta ser —ya que no es explicitado en imágenes— su primera relación sexual. 


Sin embargo, también debemos considerar cuál es el lugar de los adolescentes más grandes en el film. También hay allí un fenómeno de transición entre el deseo adolescente y el paso a la adultez propiamente dicha. Es interesante tomar para ello el personaje de Mathew McConaughey (Wooderson), un adulto que hace ya dos años ha finalizado el colegio secundario y que, a pesar de ello, continúa asistiendo a estas festividades adolescentes. Lo cierto es que, si bien existen tiempos madurativamente esperables sobre el desarrollo, como dijimos antes, el deseo interpela a cada uno con la singularidad de cada quien. 

Wooderson es, en esencia, un adolescente eterno. Alguien que se resiste a dar por finalizado el periodo vital donde el goce es atravesado por el descontrol, el alcohol, las drogas y las mujeres jóvenes. Hacia el final del filme, él mismo reconoce esto, deduciendo que la caótica noche no ha dejado otro resultado que reconocer lo innegable: su edad, un cuerpo y una mente que ya no se ajustan a las demandas juveniles. Decidiendo así retomar su educación universitaria. 


Esa reticencia al pasaje a la adultez también es comprobable en el personaje de Ben Affleck (O’Bannon), quien decide recursar el último año solamente para poder repetir el rito de fin de curso. Una vez más, esta repetición puede ser leída desde las elaboraciones Freudianas. Donde lo traumático que supone ser el crecimiento y el abandono de lo conocido (el colegio secundario y sus variantes de satisfacción), es repetido una y otra vez para realizar una reelaboración de ello. Tal como mencioné, no a todos esta repetición le surte el mismo efecto que a personajes como Wooderson, en el caso de O’Bannon culminará con su propia humillación por parte de los niños, los cuales le devuelven la paliza avergonzándolo frente a todos con una broma que le baña de pintura blanca. 

Podríamos interpretar allí a los niños más jóvenes como una propia irrupción sintomática para O’Bannon, donde aquello que se resiste a abandonar (su juventud) termina deviniendo una representación real de lo traumático: ser avergonzado hasta el punto de tener que abandonar su participación en la última noche siendo adolescente. 


Sin embargo, el personaje principal de la historia es el interpretado por Jason London (Pink), el jugador principal del equipo de fútbol americano. Quien se resiste a firmar un consentimiento de su entrenador, relegando así la posibilidad de consumir drogas, alcohol o tener relaciones sexuales. Esta decisión será postergada hasta final del filme, donde Pink opta por confrontar al entrenador, decidiendo que sólo jugará si se respeta su voluntad de hacer con su propio deseo lo que quiera. 


Son muy diversas las historias que suceden en el filme, la mayoría de su desarrollo transcurre en autos. Los cuales no conducen hacia ningún lado, están rodando por la ciudad buscando algo que hacer. Es esta quizás, la más fiel representación cinematográfica que Linklater podía dar acerca del periodo adolescente. Hasta que por fin, hacia el final, cada uno de ellos decide ir por caminos separados tal como la adultez hace con el sujeto en su desarrollo. 


Habiendo pasado el ritual de iniciación y final de sus estudios, ahora el deseo dejará de ser lo que los Otros imponen —tanto para quienes terminan como para quienes empiezan—, sino lo que ellos elijan hacer con su deseo, a un modo singular. 


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